Después de muchos años dirigiendo organizaciones cuesta decirlo, pero cuesta todavía más fingir que no ocurre.
He visto personas crecer por sus resultados, su criterio y el respeto que generaban a su alrededor. Y también he visto a otras medrar.
Medrar hacia arriba, buscando permanentemente agradar a quien decidía su futuro. Hacia los lados, instrumentalizando relaciones e información para ganar terreno. Y hacia abajo, aprovechándose del trabajo, la lealtad o los errores de sus propios equipos.
No creo que esto se resuelva con la visión idealizada del liderazgo que solemos vender.
Un líder también tiene que ser jefe.
Tiene que gestionar, exigir, tomar decisiones incómodas y ejercer la autoridad que le corresponde. A veces, incluso, tomando decisiones que afectan a personas que aprecia. Eso también es el trabajo.
La dificultad real está en sostener ambas cosas a la vez: ser jefe cuando hay que decidir y exigir, y líder cuando hay que inspirar. Y, sobre todo, no confundir ninguna de las dos con utilizar a los demás como peldaños.
La política existe en todas las organizaciones; ignorarla es ingenuo. Leer el poder, construir alianzas y defender posturas también es dirigir. Otra cosa es convertir la política en un mecanismo de supervivencia personal.
Decir una cosa arriba y otra abajo. Apropiarse del mérito ajeno y despejar balones ante el fallo. Sacrificar a alguien del equipo para salvar la posición ante otra área.
Eso puede funcionar. Incluso durante bastante tiempo.
Pero los organigramas cambian, los equipos directivos se van y los cargos se extinguen. Muchas de esas pequeñas victorias estratégicas terminan siendo irrelevantes.
Lo que acaba permaneciendo es tu reputación entre quienes cruzaron camino contigo: por encima, al lado y por debajo.
Con los años he aprendido a valorar justo eso.
No se trata de ingenuidad ni de renunciar al poder cuando toca ejercerlo. Se trata de ejercerlo sin necesitar utilizar a nadie para conservarlo.
Porque un día devuelves el cargo. Y ese día ya no queda el organigrama para explicar quién eras.
Quedas tú.


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