Estos días estoy en Extremadura, viendo a mi familia y redescubriendo, una vez más, la tierra de mis padres y de mis abuelos.
Y cada vez que vuelvo me pasa algo parecido: el calor, la luz dura, el campo, los silencios, los pueblos, los nombres… todo me lleva a un lugar muy hondo. A una forma de vivir y de mirar que no se aprende en ninguna escuela de negocios.
Pienso en Trujillo.
Pienso en Pizarro.
Pienso también en Los Santos Inocentes, en esa dignidad callada, en esa dureza antigua, en esa gente que no tenía discurso, pero sí carácter, resistencia y verdad.
Extremadura tiene algo de eso.
No necesita adornarse. Está ahí. Seca, seria, noble, áspera a veces… y profundamente humana.
Volver aquí no es solo volver a una geografía. Es volver a entender de dónde vienen ciertas cosas: el respeto por el esfuerzo, el valor de la familia, la sobriedad, la capacidad de aguantar sin hacer ruido y esa mezcla tan nuestra de humildad y orgullo.
A veces hablamos mucho de futuro, de tecnología, de velocidad, de inteligencia artificial, de transformación. Y sí, todo eso importa.
Pero luego vuelves unos días a la tierra de tus padres, sientes este calor, miras a tu gente, recuerdas a tus abuelos… y entiendes que hay una parte esencial de uno mismo que no está en lo nuevo, sino en las raíces.
No para quedarse en ellas.
Pero sí para no olvidarlas.
Porque uno puede viajar mucho, cambiar de país, de idioma, de cargo o de vida. Pero hay lugares que te siguen explicando quién eres, incluso cuando creías que ya lo sabías.
Y Extremadura, al menos para mí, es uno de ellos.
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