La prisa rara vez se presenta como lo que es.
No llega con la cara del miedo ni con la etiqueta de la ansiedad. Llega bien vestida: profesionalidad, compromiso, ambición sana. Y se cuela con frases conocidas: “hay que estar”, “hay que decidir”, “no podemos perder tiempo”.
Y, sin embargo, se comporta como cualquier emoción mal gestionada: te estrecha el campo de visión… y te empobrece el criterio.
La trampa silenciosa de la urgencia
Cuando vamos con prisa, casi nunca decidimos “mal” de forma evidente.
Lo que hacemos es algo más sutil: decidimos antes de tiempo.
- Cerramos conversaciones que pedían una vuelta más.
- Damos por buenas explicaciones que aún no han madurado.
- Confundimos movimiento con progreso.
La urgencia, además, tiene algo peligrosamente seductor: se legitima sola. Nadie discute a quien va rápido. Y en muchas organizaciones, ir rápido ya se considera una prueba de valor.
Una prisa que se entiende
Hay una prisa fácil de comprender: la de quien es más joven, tiene energía, y quiere demostrar. La de quien quiere subir, hacer, construir… y hacerlo ya.
No es una mala prisa. Es humana.
El problema aparece cuando esa urgencia sustituye a la preparación. Cuando correr se vuelve más importante que aprender. Cuando el siguiente escalón pesa más que el criterio con el que lo vas a pisar.
Con los años uno descubre algo incómodo y liberador a la vez: casi siempre hay más tiempo del que creemos.
Tiempo para formarse mejor.
Tiempo para entender antes de ejecutar.
Tiempo para equivocarse pequeño, antes de equivocarse grande.

Cuando la prisa se vuelve cultura
El problema real no es la prisa ocasional. Es cuando se vuelve estructural.
Organizaciones donde todo es urgente, las agendas van llenas y casi no queda espacio para pensar. Se corre tanto que, al final, ya nadie sabe muy bien hacia dónde.
Ahí la urgencia deja de ser respuesta a una situación concreta y se convierte en una forma de estar. No es culpa de una persona; es un sistema mal diseñado… o mal corregido.
Velocidad no es criterio
Vivimos obsesionados con la velocidad. Pero velocidad y madurez no son lo mismo.
El criterio necesita algo que a veces incomoda: pausa, contraste, tiempo para que la información asiente. No es lentitud. Es respeto por la complejidad.
Decidir bien no siempre es decidir rápido.
Muchas veces es saber esperar sin desconectarse. Estar, mirar, escuchar… y no precipitar el cierre solo para calmar el ruido.
La prisa amplificada por la tecnología
La inteligencia artificial no ha creado esta prisa. Pero la amplifica.
Si una organización ya vivía acelerada, la IA acelera conclusiones, refuerza sesgos y añade una sensación peligrosa: la certeza fácil.
No porque la tecnología sea mala, sino porque se usa sin el tiempo —y la formación— necesarios para interpretarla con criterio.
La herramienta no sustituye el juicio.
Lo pone a prueba.

Aprender a gestionar la prisa
No se trata de eliminar la urgencia (no sería realista). Se trata de reconocerla cuando aparece… y no confundirla con inteligencia o compromiso.
La madurez se nota cuando:
- toleras el “aún no” sin ansiedad,
- distingues entre urgencia real y ruido colectivo,
- y aceptas que decidir más tarde puede ser, precisamente, decidir mejor.
Quizá liderar hoy consista menos en ir más rápido… y más en identificar cuándo la prisa no es un dato, sino una emoción.
Y como todas las emociones, conviene escucharla.
Pero no dejar que decida por nosotros.


Deja un comentario