Muchos directivos dicen que “ya tienen la IA integrada en el sistema”, pero en privado apenas se atreven a abrirla. Hay un miedo silencioso a que la herramienta opaque el pensamiento propio.
En las conversaciones que tengo, la diferencia real no está en quién habla de IA, sino en quién la usa de verdad.
Cuando el tema aparece en la mesa, se repite el mismo gesto: curiosidad contenida, alguna broma ligera… y una barrera invisible de protección. El discurso técnico (“ya está en nuestros procesos”, “lo lleva el equipo de datos”) sirve muchas veces para no admitir que, personalmente, apenas la tocan.
Debajo de esa barrera suelen convivir dos miedos muy humanos:
- Miedo a perder estatus: Si la IA ayuda, parece que el mérito propio vale menos.
- Miedo a quedar expuesto: No dominar la herramienta y hacer el ridículo delante del equipo.
El falso orgullo de “hacerlo a mano”
Durante décadas, el valor del directivo se midió por el esfuerzo de ejecución: quien revisaba cada número, quien corregía cada presentación, quien escribía cada correo largo y perfecto.
Eso ha dejado un poso de orgullo: “Yo no necesito atajos, yo siempre lo he hecho a mano”. El problema es que confundimos oficio con artesanía innecesaria.
El oficio no es sufrir más. El oficio es saber decidir mejor.
El liderazgo nunca ha estado en teclear. Ha estado siempre en entender el contexto, ordenar la información, asumir una decisión… y vivir con ella. La IA no te quita nada de eso. Solo te pone delante una pregunta incómoda: ¿Dónde está realmente tu valor si una máquina puede imitar tu forma de redactar o resumir?
Si tu aportación se reduce a “escribir bonito” lo que otros ya han pensado… ahí sí hay un problema. Pero el problema no es la IA.
El uso tímido: “No la uso… bueno, solo para algún correo”
Hay un punto intermedio del que casi nadie habla. Directivos que reconocen en privado que sí la abren para mejorar un correo o traducir algo rápido. Y se queda ahí. No es un tema técnico, es un tema de honestidad y profundidad:
- No se atreven a decir abiertamente “sí, la uso” por miedo a restar importancia a su trabajo.
- No se dan permiso para utilizarla de forma estratégica: para pensar escenarios, preparar decisiones o contrastar enfoques.
Ese uso tímido hace que la organización reciba un mensaje confuso. Es mucho más honesto decir: “La uso como asistente, pero sigo siendo yo quien decide”, que fingir que no existe mientras se copia y pega en silencio.
El problema no es la herramienta, es el criterio
“Formar en IA” no es enseñar una lista de apps. Es ayudar al directivo a tres cosas muy concretas:
- Formular mejores preguntas: No usarla para resumir, sino para detectar ángulos ciegos o pedir alternativas que quizá nadie del equipo se atreve a plantear.
- Saber dónde no aporta: La IA no puede asumir el coste humano de una decisión impopular, ni liderar una crisis de confianza.
- Mantener la escalera de aprendizaje: Dejar que los más jóvenes usen la herramienta, pero exigiendo que entiendan lo que presentan. Si automatizamos todo el trabajo incómodo hoy, mañana nos quedamos sin gente con criterio propio.
El diseño de la decisión: el punto ciego
Cuando metes IA en los procesos sin pensar en el diseño de la decisión, el modelo decide por omisión y nadie se siente responsable.
¿Quién es el dueño de la decisión cuando la IA está en el flujo? ¿Cuándo hay que decir “basta de análisis” y tomar una posición clara? La tecnología da sensación de rigor, pero el oficio se ve en quién firma y quién da la cara.
Oficio en tiempos de IA
En español, la palabra oficio tiene algo que no cabe en el concepto de craft. No es solo habilidad técnica; es experiencia, disciplina y responsabilidad acumulada.
En mi experiencia, un directivo que no se deja ayudar por las herramientas suele tener el mismo problema con las personas: le cuesta dejarse ayudar por su propio equipo.
La IA puede enseñarte el mapa, pero el territorio sigue siendo tu planta, tu cuenta de resultados, tu gente y las decisiones que tú, y solo tú, firmas. Las herramientas son nuevas; la responsabilidad de cómo pensamos sigue siendo la misma.
Eso, en cualquier época, es el oficio.


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