1. El Panteón: liderazgo lejos de casa
De pie delante del Panteón sientes, casi físicamente, cuánto tiempo llevan pasando por Roma el poder y las decisiones.
Durante siglos, la ciudad envió gente a dirigir provincias, mandar legiones y construir calzadas lejos del centro. Muchos de ellos eran, en el fondo, los “expatriados” de su época: llevaban autoridad… pero también distancia, incertidumbre y una vida nueva lejos de casa.
Hoy tenemos aviones, videollamadas y herramientas de IA que ayudan a decidir a distancia. La infraestructura es más rápida e inteligente, pero la parte humana no ha cambiado tanto:
- construir confianza lejos de la sede,
- entender la realidad local en lugar de dirigir desde el mapa,
- asumir decisiones que afectan a personas a las que no ves cada día.
La IA puede ayudarnos a ver patrones y limpiar ruido.
Lo que no puede es vivir con las consecuencias de nuestras decisiones.
Los imperios cambian, las herramientas cambian, las tecnologías cambian.
El coste —y el valor— de vivir y liderar lejos de casa sigue siendo sorprendentemente parecido.

2. Caminar Roma: cuando el ritmo también es una decisión
Vivir fuera te enseña una habilidad extraña: por fuera te mueves rápido, por dentro algo siempre va un poco por detrás.
Aprendes a adaptarte a aeropuertos, reuniones y culturas. Dominas el arte de cambiar de contexto sin perder inercia. Siempre hacia delante, siempre sumando.
Y entonces una ciudad como Roma hace algo radical… con mucha calma: te baja el ritmo sin pedir permiso.
El Panteón no grita. Trastevere no intenta entretenerte. El río simplemente fluye… y de alguna manera te arrastra también a ti.
Hoy he caminado hasta que las piernas han dicho “basta”. Y ahí ha encajado algo importante.
La vida expatriada no va solo de cambiar de país. Va de cambiar de ritmo. De aceptar que no tienes que demostrar tu valor todos los días. Que a veces solo tienes que estar presente y dejar que el lugar trabaje en ti.
Más tarde ya vendrán las herramientas: nos ayudarán a ordenar ideas, resumir, encontrar patrones. Lo hacen muy bien.
Pero el sentido no nace de las herramientas. Nace de momentos como este: cuando baja la velocidad, se apaga el ruido y recuerdas quién eres sin necesidad de explicarlo.

3. La Boca de la Verdad: lo que queda después del cargo
En Roma la leyenda dice que, si metes la mano en la Bocca della Verità y mientes, la piedra te muerde.
Mirándola estos días pensaba que una carrera directiva es, en parte, una conversación larga con la verdad.
Cuando vives y lideras fuera, esa verdad se pone todavía más a prueba.
Te repites que eres adaptable, curioso, resistente… y luego un país nuevo, una cultura nueva y un equipo nuevo ponen esa historia a examen cada día.
Ahora hablamos de la IA casi como de una nueva “boca de la verdad” para el liderazgo: cuadros de mando, modelos y alertas que prometen decirnos lo que realmente pasa en el negocio. Muy útil, sí. Pero, igual que la piedra de la foto, la IA sigue siendo inerte sin el coraje de quien mete la mano.
Lo que importa de verdad es qué hacemos con esa verdad, sobre todo cuando dejamos el gran despacho y el gran título.
La responsabilidad, la disciplina, las ganas de seguir aprendiendo y aportando no deberían jubilarse con el cargo. Forman parte de quién somos, no solo de lo que un día firmamos en una tarjeta.
Paseando por Roma estos días me he quedado con una idea sencilla:
Los roles terminan.
Los ciclos se cierran.
Pero la energía por mejorar, por mantenernos honestos con nosotros mismos y con los demás, esa no debería tener fecha de caducidad.
Eso es lo que, pase lo que pase con la tecnología, sigue dependiendo solo de nosotros.


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