Después del despacho

Lo que nadie te cuenta sobre trabajar en ambientes multiculturales: lecciones aprendidas tras 30 años de experiencia internacional


¿En qué momento “esforzarse” se volvió sospechoso?

Cada vez que hablo con recién graduados o mandos intermedios que están empezando, noto algo curioso: no vivimos solo en distintas edades… vivimos en planetas mentales casi distintos. Antes, el éxito era una montaña que escalar; hoy, parece que la montaña se ve casi como una amenaza para la salud mental. Y sí, entiendo que es una generalización, quizá rozando la exageración, pero está ahí.

Para mi generación, palabras como esfuerzo, sacrificio o «salir fuera» venían casi de serie. En las nuevas generaciones suenan más fuerte: well-being, equilibrio, ansiedad, estabilidad, no quemarse. 

Y no es que una versión sea buena y la otra mala. El problema es cuando dejamos de entendernos.

Cuando “hacer carrera” era una maratón (sin IA)

Yo me saqué una ingeniería en una época en la que no había IA para explicarte el problema por tercera vez. Si no entendías algo, tocaba la biblioteca, las fotocopias y perseguir al profesor. Un suspenso dolía, pero también te hacía espabilar.

No lo digo con nostalgia barata. Lo digo porque esa etapa era una escuela de musculatura mental: estructura, disciplina y, sobre todo, aprender a pensar cuando nadie te daba la respuesta mascada.

Hoy, la IA es una herramienta brutal, pero encierra una trampa: nos da la respuesta, pero no siempre el criterio. No hay esfuerzo en la búsqueda, en la síntesis de un tema; se tiene y ya. La herramienta no es el problema; el riesgo es que se convierta en una muleta para saltarnos la parte incómoda de aprender. La IA nos ahorra el «hacer», pero no puede ahorrarnos el «entender». Si eliminamos la fricción del aprendizaje, nos quedamos sin la capacidad de entender el «porqué» de las cosas.

Well-being: ¿descanso o ausencia de fricción?

Muchos venimos de un modelo de trabajo que no era sano ni sostenible: horas infinitas, viajes sin parar y tragar presión. Hacía falta que el péndulo se moviera hacia la salud mental y el equilibrio.

La cuestión es que, a veces, da la sensación de que el péndulo se ha pasado de frenada:

“Mi well-being es no complicarme la vida. Mejor mi burbuja que la incomodidad”.

Ahí chocamos:

• Para mi generación, la incomodidad era la puerta de entrada a las oportunidades.

• Para muchos jóvenes, el esfuerzo se asocia con el riesgo de romperse.

• No es lo mismo ese «esfuerzo tóxico» (trabajar 15 horas sin sentido) que la «fricción productiva» (el sudor intelectual de resolver un problema difícil).

El reto es aprender a esforzarse sin destruirse, entendiendo que el crecimiento personal rara vez ocurre en la zona de confort.

Expatriación: ¿aventura o factura?

Cuando empezamos, salir fuera era sinónimo de progreso. Había dureza y factura familiar, pero la idea de fondo era que el mundo te hacía crecer. Lo he vivido de primera mano durante años de movilidad internacional.

Hoy, muchos ven la expatriación como una amenaza para su estabilidad. Y tienen motivos. Quizá parte de la culpa sea nuestra, de quienes vendimos la postal de la expatriación sin incluir la factura. Ahora que se ve la otra mitad del cuadro, la reacción lógica de muchos es: “Gracias, pero no”.

Aun así, sigo creyendo que salir —con los ojos abiertos y honestidad sobre el coste— sigue siendo la mejor escuela de mundología y perspectiva que existe.

Especialistas finos… pero con poca musculatura

Veo hoy trayectorias con una especialización técnica espectacular, pero con menos entrenamiento para aguantar el tirón cuando el proyecto se tuerce o toca defender una decisión impopular.

La técnica y los másteres ayudan, pero la técnica caduca; la resiliencia no. Hay cosas que solo se aprenden a base de vida: equivocarse, negociar, ceder, insistir y volver a levantarse. Ese «oficio» no cabe en un curso online de fin de semana.

¿Nos entendemos o solo nos juzgamos?

La tentación es caer en la etiqueta fácil: «los jóvenes no aguantan nada» o «los mayores no tienen empatía». Ninguna ayuda.

Lo que me gustaría es que pudiéramos rescatar algunas verdades:

1. El esfuerzo tiene sentido: no como culto al sufrimiento, sino como vehículo de aprendizaje.

2. El bienestar importa, pero no es vivir sin fricción: el crecimiento real suele estar justo después del tramo incómodo. No en la zona de confort.

3. La carrera no es solo técnica: es una educación del carácter y de la responsabilidad.

No pretendo decir que «en mis tiempos todo era mejor». Las nuevas generaciones enfrentan desafíos que ni imaginábamos. Pero el esfuerzo no ha pasado de moda. La incomodidad, bien gestionada, sigue siendo la gran maestra que nos descubre de qué estamos hechos realmente.

Solo nos queda una pregunta honesta:

¿Qué tipo de persona quiero llegar a ser… y qué estoy dispuesto a hacer —y a no hacer— para construirla?

Y una reflexión conjunta: 

• ¿Estamos usando la palabra «ansiedad» para describir lo que en realidad es nerviosismo ante un reto?

• ¿Es posible crecer profesionalmente sin salir jamás de la zona de seguridad?

• ¿Cómo enseñamos «resiliencia» en un mundo diseñado para la gratificación instantánea?


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