He estado más de 17 años expatriado, entrando y saliendo. Y no lo cambiaría: diría que sí, sin pensarlo dos veces, con pros y contras incluidos.
Puede que no todo el mundo lo vea igual, o quizá a mí me salió así. Pero hoy, desde la tranquilidad de estar ya fuera de esa vorágine, cuando miro atrás —qué hice, qué no hice, qué habría hecho mejor—, se me viene a la cabeza una serie de conversaciones que echo en falta o que tendría que haber tratado más a fondo.
No miro igual ahora, cerrando un ciclo, que cuando empecé con toda la inexperiencia del que se lanza a su primera salida. La carrera sigue, el ejecutivo se desarrolla, crece por dentro… y la mirada cambia. Y de esa mirada nace este texto.

Cambiaría el cómo lo di: las conversaciones previas, las expectativas, los límites, la forma de hablarlo en casa y con la empresa.
Este texto no es una guía perfecta. Es, sencillamente, la lista de preguntas que a mí me habría gustado revisar mejor antes de aceptar cada salida.
A la expatriación se le ponen muchas etiquetas: oportunidad, salto de carrera, paquete competitivo, experiencia internacional… Todo eso puede ser verdad. Pero hay algo que casi nunca aparece en la foto: las conversaciones que no se tienen antes de firmar.
He vivido todos esos años de expatriado entrando y saliendo de España, con varios destinos y muchas mudanzas (aún debo tener alguna caja sin desembalar) . Hoy, si alguien me pidiera un consejo antes de aceptar una expatriación, no le hablaría primero del contrato.
Le hablaría de esto: de las conversaciones que me habría gustado tener mejor, más despacio y con más honestidad.

No tengo la verdad, solo mi experiencia. Pero, si tuviera que hacer una lista, sería algo así.
1. ¿De verdad queremos esto… los dos?
Partiendo de la base de que te vas en pareja y quizá con niños, la primera conversación no va de salarios ni de colegios. Va de algo mucho más simple y más difícil a la vez:
“¿De verdad queremos esto los dos? ¿O lo quiere más uno que el otro?”
Porque luego vienen los discursos corporativos, las cifras, la ilusión, el ego… y se vuelve muy fácil confundir un “me apetece” con un “hemos decidido los dos”.
Aquí la pregunta incómoda es: si no hubiera promoción de por medio ni esas condiciones (profesionales, económicas…) , ¿también diríamos que sí?
2. ¿Qué gana cada uno… y qué pierde?
En la hoja de Excel suele aparecer lo que la empresa ofrece. Lo que casi nunca se escribe es lo que cada persona deja atrás.
- Carrera que se para.
- Red social que se disuelve.
- Padres que envejecen lejos.
- Hijos que cambian de idioma, de colegio, de amigos.
Esta conversación suele tenerse… pero normalmente es muy por encima. Un “ya veremos”, “nos adaptaremos”, “nos vendrá bien a todos”. Y sí, puede ser así, pero merece algo más que dos frases al vuelo.
No es solo “nos vamos X años y ya está”. Es: “¿qué gana cada uno… y qué está dispuesto a perder?”.
Hoy lo haría así: lista en voz alta, sin maquillaje. Lo bueno, lo malo y lo que todavía no sabemos.
3. ¿Cuál es nuestro límite?
Otra conversación incómoda: “¿Hasta dónde estiramos la cuerda?”
Porque al principio todo son palabras grandes: proyecto estratégico, mercado clave, reto apasionante.
Y sí, puede ser todo eso. Pero también puede ser:
- Jornadas interminables.
- Vuelos encadenados.
- Fines de semana de correo pendiente.
- Videoconferencias a horario de cualquier parte del mundo , entre semana y fines de semana.
Y mientras tanto, la familia está sola en tierra extraña, aprendiendo el idioma, las costumbres y la logística, mientras tú te vas al aeropuerto una vez más.
Si no se habla de límites antes, es muy fácil acabar tragando con todo “porque ya que nos hemos venido…”.
Aquí ayuda poner cosas concretas, no fáciles de contestar, pero hay que plantearlas:
- ¿Cuántas noches fuera al mes nos parecen asumibles?
- ¿Cuántos años vemos razonables en ese destino?
- ¿Qué sería, para nosotros, una línea roja?
4. ¿Cómo nos vamos a cuidar emocionalmente?
De esto casi nadie habla porque suena blando. Pero luego llegan:
- El choque cultural.
- La soledad del principio.
- El famoso “¿qué hago yo aquí?” a los seis meses.
No se trata de dramatizar, sino de reconocer que el impacto emocional existe. Y preguntarse:
– ¿De qué vamos a tirar cuando vengan curvas?
– ¿Quién será nuestra red allí?
– ¿Qué nos ayuda a los dos a recargar? ¿Y cómo recargamos a los niños? ¿Y a la familia en origen?
Llámale terapia, mentoría, amistades, deporte, espiritualidad… lo que sea.
Pero que no sea improvisado.
5. ¿Qué necesitamos de la empresa (además del salario)?
Este punto lo he aprendido a golpes.
Negociar solo el sueldo, el variable, los viajes y el colegio es negociar la mitad del problema.
La otra mitad empieza el día uno, al aterrizar en un lugar donde no sabes ni dónde está el supermercado.
El apoyo real no es solo “colegio internacional y ya está”. Eso son condiciones básicas.
Apoyo real es preguntarse:
– Si yo voy a trabajar desde el primer día, ¿quién busca médico, farmacia, supermercado, papeles, red mínima?
– ¿Lo hará mi pareja “porque sí”? ¿Y a eso quién le pone valor?
– ¿Va “incluido” en mi salario? ¿Seguro?
Habrá que hablar de todo eso. No dar por supuesto que “ya nos buscaremos la vida”.
Y con la empresa, ir más allá de las cifras:
- Apoyo real a la familia (no solo en el PowerPoint).
- Claridad sobre el rol, las expectativas y el poder real que tendrás.
- Ritmo de viajes, fines de semana, disponibilidad.
- Plan (aunque sea orientativo) de qué pasa después.
Una pregunta que hoy haría antes de firmar es:
“¿Cómo han cuidado ustedes a sus expatriados anteriores… y cómo han salido de aquí?”
Ahí se ve mucho.
6. ¿Qué significa “volver”?
Otra trampa: damos por hecho que “volver” es regresar al país de origen, al mismo tipo de puesto y a la misma vida.
La realidad suele ser más desordenada:
- Vuelves… pero la empresa ha cambiado.
- Vuelves… pero ya no estás en el mismo equipo , ni tu jefe es el mismo .
- Vuelves… pero ya no te reconoces del todo en tu entorno.
- Vuelves… y tu familia está en otro punto vital.
Por eso es clave preguntarse:
– ¿Qué expectativas tenemos para la vuelta? ¿Tendré puesto?
– ¿Qué mínimo necesitamos que se respete?
– ¿Y si la vuelta no es al país de origen, sino a otro destino?
No me digas exactamente qué seré cuando vuelva, porque nadie tiene una bola de cristal. Pero dame al menos una idea honesta de escenarios posibles:
¿puede ser otro país?, ¿puede ser un rol distinto?, ¿puede no haber silla?
No se trata de exigir garantías imposibles, pero sí de saber qué no queremos que pase.
7. ¿Qué lugar va a ocupar la familia en esta decisión?
Otra pregunta que duele un poco:
“Si esta decisión la miraran nuestros hijos dentro de 20 años, ¿qué verían?”
No se trata de cargar la mochila de culpa, sino de recordar algo muy sencillo:
los hijos también pagan y también ganan. Conviene hablar de:
- ¿Cómo vamos a acompañar sus pérdidas (amigos, idioma, rutinas)?
- Qué queremos que saquen de bueno de la experiencia.
- Qué haremos si uno de ellos no se adapta bien.
La expatriación puede ser un regalo enorme para ellos… siempre que no les dejemos solos por el camino. Es un trabajo extra que hay que cuidar y mucho.
8. Si en un año no va bien, ¿qué hacemos?
Y la última conversación, la que casi nadie quiere tener:
“Si en un año esto no funciona, ¿qué plan B tenemos?”
Poner esta carta encima de la mesa no es derrotismo, es cuidado. Es decirle a la otra persona: “no estás atrapada en mi decisión”.
Puede ser: revisar juntos al año y decidir, tener claro que pedir un cambio de rol o de país será una opción, o simplemente darnos permiso para decir: “hasta aquí”.
Y sí, aquí aparece otro miedo silencioso:
“¿Qué pasa si al año tengo que romper? ¿Si me degradan? ¿Si decido volver?” ¿Quedo ya marcado como “no fiable”? ¿Se penaliza más al que lo ha intentado y ha dicho “basta” que al que nunca se ha arriesgado a irse?

Son preguntas legítimas. Mejor ponerlas encima de la mesa antes… que tragárselas después, en silencio.
Más que un sí, una decisión compartida
Si algo he aprendido es que una expatriación no es solo un “sí” profesional. Es un pacto vital.
Por eso, si hoy alguien me dijera “me han ofrecido irme fuera”, no le respondería solo “aprovéchalo, es una gran oportunidad”.
Le diría:
“Siéntate con tu gente y ten estas ocho conversaciones. Las respuestas no tienen que ser perfectas, pero sí honestas.”
Porque, al final, más allá del cargo y del país, lo que queda es eso: cómo tomasteis la decisión, cómo os acompañasteis en el proceso y qué versión de vosotros mismos dejó esa expatriación cuando se acabó.
Este post forma parte de mi serie sobre la expatriación contada desde dentro, sin filtros ni postal: la factura emocional, el liderazgo del expatriado y por qué, con todo, volvería a decir que sí.


Deja un comentario