Después del despacho

Lo que nadie te cuenta sobre trabajar en ambientes multiculturales: lecciones aprendidas tras 30 años de experiencia internacional


La factura emocional de la expatriación

Lo que no se ve en la fiesta de despedida: salud mental, soledad y liderazgo lejos de casa

A ver… cuando te vas fuera todo suena a conquista. Te han promovido. Nuevo rol. Nueva aventura. Nuevo país. Y sí, lo aceptas con ilusión, porque era tu meta.

Pero casi nunca te vas del todo. Muchas veces empiezas el camino solo. Te subes al avión con esa mezcla de orgullo, vértigo… y un silencio que todavía no sabes nombrar.

La trampa de los primeros días

Al principio, todo tiene brillo: un hotel cómodo, sonrisas en la oficina, el primer fin de semana como turista. Te dices: “qué suerte tengo”.

Pero luego llegas a “casa”. Cierras la puerta. Y aparece lo que nadie te contó: el Silencio Operacional.

No oyes la rutina de casa. No puedes ayudar con el colegio ni escuchar las pequeñas tragedias de la familia. Tu cuerpo sabe que la videollamada no es suficiente.

Y fuera, todo es fricción: el idioma, la cultura, la forma de pedir un café. Es un desgaste constante que te agota. Hasta que un día te sorprendes pensando:

“¿Pero qué hago yo aquí?”

Ahí empieza la parte que el headhunter, o simplemente tu empresa, suele omitir: la salud mental del expatriado.

Cuando la irritabilidad ejecutiva toma el mando

Lo primero que se rompe es la gestión emocional. Te notas más irritable, más callado en las reuniones. Te aferras a pequeñas rutinas para no caerte.

En mi caso fueron las series. Series familiares, previsibles, sin dramas. Ñoñas, dirán algunos. A mí me bajaban el ruido mental y me hacían sentir menos extranjero.

También levanté puentes con casa: la videollamada del “buenos días”, visitas fugaces de fin de semana que eran más horas en el avión que en el salón, pero necesarias para cargar baterías. Buscar excusas profesionales para justificar un viaje rápido y poder pasar unos días en casa. Un cúmulo de excusas… para no romperte.

No eran tonterías. Era mi plan de contención emocional.

La verdadera resiliencia se construye sin red

Mi primera expatriación fue brutal. Mis hijos tenían seis meses; no tenía ni experiencia profesional ni experiencia de vida; llamar costaba un dineral; no había internet, no había móviles; era final de los 80, principios de los 90.

Llegué a un país cuyo idioma apenas dominaba. Y tuve que defenderlo todo a la vez: identidad, trabajo, familia aislada.

Hubo un día en que le dije a mi mujer:

“Quizás sea mejor que demos un paso atrás, que vuelvas a España y veamos cómo salimos de esta…”

Esa frase te parte.

Pero hablamos. Con calma, con miedo, con lágrimas. Ella no fue solo mi pareja; fue mi cómplice estratégica en aquella aventura dentro de un mundo extraño. Mi mitad en medio del caos.

Dentro de casa creamos nuestro micro-hogar: nuestra comida, nuestras bromas, nuestra cultura. Un mundo dentro del mundo. Fuera, todo era distinto… pero dentro encontrábamos oxígeno.

No fue perfecto. El primer cumpleaños de los niños, lejos de todo, dolió. Pero lo celebramos. Y, poco a poco, dejamos de sobrevivir para empezar a vivir juntos.

Hoy recordamos lo que sacrificamos, lo que luchamos y lo que conseguimos. Y te digo una cosa: valió la pena. Sobre todo por ellos.

Liderazgo con empatía: cómo se cuida de verdad a un expatriado

Aquí ya no hablo como directivo. Hablo como alguien que lo vivió en la piel.

Estrategia personal del expatriado (autocuidado directivo)

No puedes delegar todo en la empresa. Hay cosas que son tu responsabilidad:

  • Diseñar una rutina emocional fija: momentos innegociables para recordar quién eres y de dónde vienes.
  • Crear microcomunidades reales: una o dos personas con las que puedas hablar sin rol, sin máscara, sin KPI.
  • Saber decir “hasta aquí”: no es rendición; es una decisión ejecutiva de autocuidado, antes de romperte del todo.

Lo demás —series, paseos, escritura, deporte, una cafetería refugio— se va construyendo alrededor de esto.

El imperativo ético de la empresa (acción y prevención)

Si la empresa dice que le importa su gente, debe actuar como si de verdad le importara. No es solo un tema humano: es también un tema de negocio.

Al menos:

  1. Preparación emocional real: no un folleto. Una conversación honesta sobre el costo emocional, con ejemplos, dudas y miedos.
  2. Apoyo psicológico profesional y confidencial: el burnout del expatriado no es una rareza; es estadística.
  3. Soporte serio para el partner y la familia: si la base cae, el directivo cae. Y con él, el proyecto.

Todo lo demás —vuelos de reencuentro, mentor en destino, revisiones de bienestar— suma. Pero si estos tres pilares no están, todo se aguanta con alfileres.

El retorno de la inversión (ROI) que no sale en los excels

La expatriación te cambia. Te humaniza. Te enseña a mirar al otro y entender lo que está viviendo, incluso cuando no lo dice.

Sí, es un duelo: por los abrazos que faltan, por la vida que dejas en pausa, por los silencios de la noche, por tantos momentos en soledad.

Pero también es una escuela brutal: de humildad, de pareja, de identidad.

Habrá quien lo simplifique —sobre todo quien nunca se expatrió— y te suelte el clásico:

“Con lo bien que se está aquí…”

Son personas que no han pasado por todo el proceso: la decisión, el miedo, la distancia, el silencio. Y, a veces, son los mismos que te preparan el paquete de expatriación y las condiciones.

Porque esta aventura, con todos sus costes, también devuelve mucho: resiliencia, perspectiva, empatía, profundidad.

Y, sobre todo, te devuelve algo que no se compra:
la certeza de que eres un líder —y una persona— más completa, más vulnerable… y más humana.

Mask is use for covering to hide or guard the face.

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