Después del despacho

Lo que nadie te cuenta sobre trabajar en ambientes multiculturales: lecciones aprendidas tras 30 años de experiencia internacional


El liderazgo que duele y transforma: el día que tu manera dejó de valer

Un aprendizaje que solo llega cuando trabajas lejos de casa

Un día, sin avisar, tu manera de actuar —esa que siempre te funcionó— deja de servir. Y duele. Pero también abre la puerta a un tipo de liderazgo que no se aprende en ningún curso.

Hay momentos en la expatriación que te dejan desnudo. No son los aeropuertos ni los trámites ni el primer día. Son esos silencios inesperados en los que dices algo que en tu país encajaría perfectamente… y allí cae en el vacío. Caras neutras. Una sonrisa tensa. Ese instante en el que entiendes que algo no ha viajado bien.

Ahí empiezas a descubrir las normas no escritas. Esas que no salen en ningún manual y que nadie te explica antes de dar el salto.

En las formaciones te hablan de leyes, jerarquías y protocolos.
Pero lo que te pone a prueba es mucho más fino:

  • que la distancia personal cambia más que el clima,
  • que una foto turística en un parque puede incomodar si aparecen niños,
  • que un ascensor puede ser un escenario delicado,
  • que una palabra, un gesto o un timing pueden transformar una reunión,
  • Que lo cotidiano —supermercados, transporte, vivienda, vista médica— se vive de otra manera y afecta más de lo que crees.

Y luego están las lecciones pequeñas, las que aprendes por pura mundología.

Recuerdo una en la oficina en EE. UU.:
Una persona me pidió una aclaración mientras estaba sentada frente al ordenador. Yo, como habría hecho en España, me acerqué quizas mucho a la pantalla para explicarle un detalle que no se veía bien . No llegué a rozar a esa persona , pero invadí una zona que allí era una frontera.
La tensión fue mínima, pero clara: para esa persona, la cercanía física fue una amenaza. Y yo solo intentaba ayudar.

Y lo mismo, pero con otros matices. Más de una vez escuché que si alguien se cae en la calle, ofrecer ayuda tiene que ir acompañada de una breve presentación y un “¿puedo?”, si no, quieto. No es frialdad: es sensibilidad legal y cultural. Si no lo sabes, confunde. Si lo entiendes, actúas mejor.

Hoy tenemos una ventaja: si observas y buscas, hay expatriados que comparten estas microreglas en plataformas como YouTube.
Pero aun con todo… te tocará tropezar, preguntar, ajustar.

Y llega ese golpe de realidad en el negocio :

Tu manera, la que te trajo hasta aquí, ya no vale.
Y sí, escuece.

Porque llevas años afinando tu estilo y, de pronto, todo chirría.
Cómo entrar en un taller donde todo se hace en madera llevando herramientas de hierro.
A veces ni sabes qué falló hasta que ya es tarde

En Japón, donde la velocidad se rinde ante la armonía —como en otros países con los que he colaborado—, esta lección se hizo evidente.

Llegas con la mentalidad occidental de “vamos a resolverlo rápido” y te encuentras con un mundo donde la armonía (wa) pesa más que la velocidad. Escuchan, asienten… y nunca dicen “no” directamente.

Y ojo: lo formal importa. Claro que sí. Pero no es lo decisivo.
La clave está en manejar los tiempos, leer el ambiente y construir confianza.

Los negocios reales nacen fuera de la sala de juntas, cuando ya existe ese puente silencioso que la cultura valora más que cualquier presentación.

Y también llegan las situaciones duras.

Recuerdo una reunión compleja, donde la responsabilidad era la clave; la imagen o estereotipo era que solemos excusarnos , poner una lista de excusas lógicas , si quieres, pero excusas para desviar el foco.
Mi acción fue asumir, sin rodeos, y mover recursos para resolver.
Bajé la cabeza, acepté mi rol y cargué con la parte del cargo que no siempre es justa.

Porque liderar también es eso: asumir una responsabilidad ética y profesional, incluso cuando pica.
Ese gesto —necesario y firme— me ganó un respeto que en mi país quizá habría llegado por otro camino.
Allí funcionó así.

Demasiados modelos, poca mundología.

Siempre me ha sorprendido la cantidad de discursos, modelos y frameworks que inventamos para explicar el liderazgo.

Todo suena perfecto en las aulas, en los libros, en los congresos. Pero luego llega la expatriación. Llega la mundología. Llega el choque real.

Y ninguno de esos modelos encaja exactamente con lo que tienes delante.

No porque estén mal, sino porque la cultura los dobla, los estira, los cuestiona.
Un modelo claro se convierte en otra cosa. Tu liderazgo, el tuyo, ya no es el que era. Ni el que aprendiste. Ni el que te enseñaron.

Y entonces aparece la verdad incómoda:

No existe un modelo universal. Existe tu liderazgo real frente a un contexto que no perdona atajos.

La expatriación es eso: reinventar, reinterpretar, reposicionar.
Es el test definitivo. La frontera donde la teoría se queda corta… y empiezas tú. Reinventarte como líder… de verdad

La expatriación no solo te mueve de país: te mueve por dentro.

Puedes leer mil modelos y encajar uno en el papel. Pero llevarlo a otra cultura es otra historia. Ahí creces: ajustando, escuchando, rectificando, afinando.

La expatriación te obliga a algo esencial:

Renunciar a tener razón para poder comprender.

No es renunciar al criterio: es renunciar al ego.

Es escuchar antes de interpretar. Observar antes de decidir. Entender antes de liderar.

Y poco a poco descubres que no se trata de cambiar quién eres, sino de pulirte.
Como un instrumento que se adapta a una orquesta nueva.
La esencia sigue, pero la música cambia: más fina, más sensible, más humana.

Cuando dejas de pelearte con la cultura.

Lo curioso es que, cuando dejas de empujar y empiezas a acompasar,
la cultura te abre el paso.

Quien parecía frío se vuelve aliado. Las conversaciones fluyen. La tensión desaparece.

Y tú cambias. Para siempre.

Ser expatriado te transforma porque te obliga a crecer donde nunca habías mirado. Y al final entiendes algo simple y profundo:

El verdadero viaje no era el país.
Eras tú.


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