1. La Crisis de Valores: Un Diagnóstico Personal y Social
Me voy a poner un poco polémico y provocador; pido disculpas de antemano porque toda generalización es injusta… y, en sí misma, una pequeña crisis.
Y aunque solemos pensar en “las nuevas generaciones”, la verdad es que todos —jóvenes y mayores— estamos entrando poco a poco en la misma burbuja.
Lo que propongo es mirar de frente eso que llamamos “Crisis de Valores”. Un concepto que usamos muchísimo… pero que casi nunca aplicamos a nosotros mismos.
Hablemos de cosas simples, cotidianas, no de filosofía: de la distancia entre lo que decimos defender y lo que realmente hacemos.
Esa distancia es una forma de bancarrota ética.

Quizás son mis años viviendo fuera —unos cuantos— en culturas con códigos muy distintos. Y ojo: en todos los sitios hay luces y sombras, pero también se aprende.
Y al volver, ese choque cultural te hace ver cosas que antes hacías sin pensar… pero que ya no encajan con la persona en la que te has convertido.
No hablo desde una tarima moral; hablo como alguien que también se equivoca. Alguien que se mira al espejo y se ve parte del problema y, ojalá, parte de la solución. Porque todos podemos dar un poco más.
Empecemos por lo básico: la educación y el respeto.
Detalles donde fallamos todos, empezando por mí:
- Escuchar de verdad y dejar hablar al otro.
- Discutir con argumentos y datos, no con visceralidad.
- Controlar las emociones para que un desacuerdo no se convierta en una guerra.
- No insultar ni descalificar al que piensa distinto.
- Y sí: un “gracias”, un “por favor”… incluso un “usted” cuando toca.
- Ese respeto que se nota, por ejemplo, cuando una dependienta se dirige a una señora de más de 80 años —mi madre— con un seco “¿qué quieres?”.
Eso, para quienes hemos visto otras maneras, duele.
Esto pasa todos los días.
La educación en valores se ha debilitado.
Y la tentación es la misma de siempre: pensar que “los maleducados” o “los incoherentes” son otros.
Pero no.
Son nuestros actos diarios los que realmente marcan la diferencia.

2. La Calle: Nuestro Espejo Más Incómodo
La escena la conocemos todos: madrugas, sales a la calle y… boom.
El suelo lleno de vasos, papeles, botellas.
Ayer hubo botellón, fiesta o protesta. Hoy hay basura.
Los mismos que claman por el clima global, el respeto al planeta o la sostenibilidad… dejan un rastro que dice exactamente lo contrario.
Y allí están los barrenderos recogiendo lo que tiramos.
La pregunta es simple pero duele:
¿Cómo puede alguien exigir acción climática global mientras tira un papel al suelo?
Total, “no se va a ver”, y “para eso pagamos impuestos”, ¿no?
La respuesta es clara:
hemos devaluado la responsabilidad individual.
La hemos externalizado, como si la limpieza fuese un servicio para poder ensuciar sin remordimiento.
Nosotros, ocupados en “los grandes temas”, a otro nivel.
El activismo se ha vuelto un decorado para las redes sociales.
La coherencia, un lujo incómodo.
Y la limpieza… “eso ya lo harán ellos”.

3. La Ética del Consumidor: Incoherencia en el Bolsillo
La incoherencia no vive solo en la calle. Vive en el carrito de la compra, en el armario, en el móvil que llevamos en el bolsillo.
Y esto, quizá por haber vivido fuera, es lo que más me chirría:
- Criticamos granjas, mataderos y emisiones… y luego nos comemos una hamburguesa industrial sin pestañear.
- Condenamos la explotación laboral… desde un móvil de última generación que sabemos perfectamente dónde y cómo se fabricó.
- Presumimos de productos “éticos”… pero lo que de verdad nos importa es cómo nos sienta el vaquero o la blusa.
Aunque venga de un país donde los tintes acaban en ríos y lagos.
En resumen:
Somos expertos en exigir ética… y analfabetos en practicarla.
Hemos adoptado el activismo cómodo, el de sofá. Coherencia sí, pero sin que me moleste. Ética sí, pero barata. La contradicción perfecta.

4. El Gesto Cotidiano: Cultura Cívica en Peligro
Y luego nos queda lo pequeño: el gesto.
El día a día.
En Japón, los niños limpian su aula y su colegio.
El respeto al mayor es ley no escrita.
Los semáforos se respetan aunque no venga nadie —como en Alemania.
¿Es absurdo?
No.
Es cultura cívica.
Aquí, en cambio, gestos que antes eran normales —ceder un asiento, sujetar una puerta, decir “usted”, un “gracias” sincero— se hacen con miedo.
Miedo a ofender.
Miedo a que piensen que eres machista, anticuado o condescendiente.
Miedo a las miradas.
Miedo a que te señalen.
Y al final, muchos prefieren no hacer nada.
La indiferencia se convierte en autoprotección.
Y eso, poco a poco, nos empobrece.

5. Lo que Realmente Estamos Perdiendo: Parte del Problema, Parte de la Solución
Una sociedad que exige estándares éticos altísimos a los demás, pero se permite estándares bajísimos en lo personal… avanza sin brújula.
La riqueza de una sociedad —ya lo dijeron muchos pensadores— empieza por la educación.
La ética no se demuestra en un post ni en una pancarta.
Se demuestra cuando:
- recoges (o no) tu propio vaso,
- decides qué compras,
- cuidas cómo hablas y cómo discrepas,
- cómo tratas a quien piensa distinto,
- cómo miras, cómo respetas, cómo cumples.
La pregunta incómoda:
¿Podemos pedir un mundo ético si nuestras acciones diarias son una cadena de incoherencias?
La buena noticia es que, si somos parte del problema, también podemos ser parte de la solución.
No hace falta salvar el mundo para empezar a arreglar algo:
- Recoger tu basura.
- Pensar dos veces qué compras.
- Bajar un punto el tono al discutir.
- Un “gracias”, un “por favor”.
- Una sonrisa.
No cambiará el planeta en un día, pero te cambiará a ti.
Y una sociedad distinta empieza siempre por alguien que, con humildad y autocrítica, decide hacerlo mejor.
Aunque nadie lo aplauda. La ética es una práctica diaria y silenciosa, no una declaración pública.


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