A ver… nadie te prepara para esto.
Volver a las aulas… ¿a los cincuenta y tantos (largos)? Dejémoslo en «una edad madurita», esa frontera en la que muchos empiezan a hablar de retirarse y tú, mira tú por dónde, te matriculas para seguir estudiando.
Y ahí estás. Sentado en una mesa que no es la tuya, sin despacho, sin la agenda persiguiéndote, sin llamadas urgentes. Solo un portátil, un bolígrafo… y unas ganas raras —y muy sanas— de aprenderlo todo otra vez.
Volver a ser aprendiz a esta edad es un ejercicio de humildad, sí… pero sobre todo, de libertad.

De «Modo Resolver» a «Modo Preguntar»
Hace poco decidí preparar un doctorado en administración de empresas. Alguien me dijo: —Pero ¿qué vas a aprender tú ahora? ¡Con tu carrera podrías escribir un libro! Y oye, el ego te sonríe un poquito… pero enseguida hay que bajarlo al suelo y decirle: “tranquilo, ya habrá tiempo para libros” si lo hay (ese es mi ego hablando).
Ahora toca otra cosa: volver a esa juventud estudiantil interior, a esa sensación de que todavía quedan camino, preguntas, ideas… y mundo por descubrir.
Porque durante muchos años viví en modo resolver:
- Todo el día.
- Todo el tiempo.
- Viajes, expatriación, reuniones en todos los husos horarios.
- Hijos creciendo entre aeropuertos, con la gran ayuda de mi esposa (afortunadamente).
- Agendas imposibles (la profesional y la personal) que compiten entre sí.
Trabajar en una gran corporación, expatriado y con miles de decisiones encima, te exige una tensión constante y una precisión casi quirúrgica. Una vigilancia silenciosa que nadie te enseña… pero todos la dan por hecha.
Cuando llevas dos décadas así, pasa algo inevitable: tu identidad se mezcla con tu cargo. Y cuando ya no estás ahí arriba… aparece una pregunta que duele un poco: “¿Y ahora quién soy?”
Pues mira, hoy soy un estudiante otra vez. Y, sinceramente, me está sentando de maravilla. Es otro “estrés”, otra tensión.

El desarme de la armadura ejecutiva
Hay algo precioso en esta etapa:
- Escuchar sin la obligación de demostrar nada.
- No tener que llevar la etiqueta de “experto” ni de “super-ejecutivo”.
- Hacer preguntas que quizá parezcan simples… pero que por dentro sientes esenciales.
- Descubrir nuevas tecnologías— IA, herramientas de investigación— y preguntarte: ¿cómo habría sido estudiar con todo esto hace 40 años?
Esa armadura ejecutiva que durante años me protegió —y me pesó— ahora se afloja. Y por fin deja espacio para respirar.
Claro, también hay días en los que me digo: “¿Por qué me habré metido en este lío?” O “Esto deberías entenderlo más rápido…”
Pero justo ahí estoy aprendiendo algo que siempre me costó: tener paciencia conmigo mismo. No correr. Aceptar que aprender despacio tiene su encanto. Algunos de mi equipo me llamaban “Mr. Push, Push, Push”. Nos salió bien, sí… pero ahora toca otro ritmo.
De joven aprendes por necesidad. De mayor aprendes por elección.
Y eso, créeme, lo cambia todo.
Un doctorado de curiosidad no de estatus, ( o unos estudios )
Hacer un doctorado a estas alturas no va de títulos ni de estatus. Va de algo más simple y más honesto: curiosidad.
De conectar puntos sueltos de una vida profesional intensa y ver qué historia cuentan cuando por fin te sientas a mirarlos. Es cerrar un ciclo con cariño y abrir otro con sentido:
- Sin urgencias.
- Sin demostrar nada.
- Sin miedo.
- Disfrutando, de verdad.
Y luego está algo que no esperaba… y que me emociona.
Volver a aprender me está acercando de nuevo a mis hijos. Ellos, con sus tesis, sus másteres, sus idiomas y su vida internacional, siempre han ido a un ritmo admirable. Y ahora, cuando hablamos de metodología, de artículos o de cómo estructurar una investigación, siento que estamos en un espacio nuevo. Casi como compañeros. Y eso, para un padre, no tiene precio.
A veces pienso que ojalá me hubiera regalado esta pausa antes. Que quizás habría disfrutado más del pensar —y eso que siempre intenté mantener la formación activa— en mis años de CEO, y no solo del resolver.
Pero cada etapa llega cuando tiene que llegar. Y esta, con canas y con más calma, me ha devuelto una energía que creía apagada.

En resumen: la suerte de tener camino
Volver a ser aprendiz ahora es, en el fondo, un acto de valentía. Porque implica aceptar que no lo sabes todo. Que todavía queda camino. Y qué demonios… ¡qué suerte tener todavía camino!
No sé dónde me llevará este doctorado. Ni falta que hace.
Lo importante es que me ha devuelto algo sencillo y poderoso:
- La curiosidad.
- Las ganas.
- Y esa sensación, casi adolescente, de que todavía puedes empezar de nuevo.
Y eso, a estas alturas, vale oro.


Deja un comentario