Este texto no va de teoría, va de cicatrices y de decisiones que marcaron a mi familia. (Déjame que te recomiende la película Los Santos Inocentes, de Mario Camus inspirada en el libro de Miguel Delibes.)
Hay algo que no sale en los rankings de escuelas de negocio, ni en los programas de Harvard, ni en los powerpoints de consultoras: la mundología.
Eso que solo enseña la vida… y a veces a golpes.
El “empollón” y la obsesión por la formación
Siempre he sido un obseso de la formación. De esos que de pequeño llamaban “empollón”. No era por sacar buenas notas para colgar el diploma en la pared, era otra cosa: la necesidad de mejorar, de ser “algo más”, de llevar a la familia un paso por encima de donde estábamos. Supongo que, como muchos de nuestra generación, crecimos bajo esa presión.
Dentro de todo eso, mi gran obsesión fueron los idiomas, quizás un poco tardíos, pero llegaron.
Cuando yo estaba empezando la universidad, el mensaje era claro: “Sin inglés no eres nadie.”
Así, directo. Había que “ponerle el punto” al currículum. Si querías entrar a trabajar, sí, pero si querías evolucionar y crecer, había que dar el todo por el todo.
Luego vino el boom de los yuppies… abogados, economistas de éxito, Wall Street, trajes caros, series de televisión, médicos de Harvard… Yo, en medio de todo eso, seguí con lo mío: idiomas y la formación que empezaba a buscar, sin demasiado criterio al principio, esa es la verdad, pero poco a poco fui perfilando a golpes, fracasos y éxitos.
No olvidemos que no había internet (eso fue el siglo pasado, no la prehistoria, pero casi). Hoy la información llega mucho más directamente. Entonces necesitabas saber bien cómo moverte y, con un poco de suerte, tener a alguien que te aconsejara. No era fácil para todos.

La primera vez que oí “mundología”
Mi vida cambió de verdad cuando llegó la expatriación. Tuve suerte y la empresa vio mis ganas y mi espíritu por aprender y crecer, que era casi lo único que podía ofrecer… y no era poco, y un mentor que vio entre líneas un potencial y me apoyó.
28 años, casado, con dos gemelos de seis meses… y nos vamos a Alemania. Yo, ingeniero químico, más técnico que de negocios todavía, me colé casi por un hueco en la empresa para ir a unos laboratorios. No era mi sueño de puesto dorado, pero sí la puerta que se abría. Un crío todavía y con muy poca experiencia y bagaje.
Antes de irme, el CEO me llamó y me dijo algo que se me quedó grabado:
“Jerónimo, no sé qué vas a descubrir en esos laboratorios, olvídate… pero aprende del mundo. Mundología. Maneja bien el idioma, viaja, conoce el mundo, abre tu mente a nuevos conceptos y gestiona bien tu red de contactos.”
Fue la primera vez que escuché esa palabra. Y la verdad… en ese momento no entendí la profundidad del mensaje. Con el tiempo, sí, y procuré desarrollarla al máximo.

Lo que no te enseña ninguna escuela de negocios
Porque una cosa es el saber y otra el saber moverse.
En una escuela de negocio te enseñan estrategia, finanzas, liderazgo, casos de éxito de empresas que parecen perfectas. Está bien, ayuda. Yo he pasado por escuelas de negocios, he desarrollado mi MBA y otros programas, y los valoro.
Pero si buscas esa formación, que sea una que también te dé valores.
La mundología te enseña cosas que no salen en ningún manual:
- Que un negocio no se cierra por el Excel, sino por la confianza entre dos personas que se miran a los ojos.
- Que un “sí” en según qué culturas es, en realidad, un “ya veremos”.
- Que un fallo, si lo gestionas bien, vale más que diez éxitos porque te baja el ego y te sube el criterio.
- Que tu red de contactos no es una agenda, es casi una familia ampliada.
- Que el idioma no es solo gramática; es entender la cabeza del otro, su humor, sus silencios.
- Que solo no eres nada, que el equipo hace de verdad la fuerza, y que la humildad no es una debilidad: es un arma que, bien usada, es la verdadera fuerza.
- Y que tu ego es tu enemigo si no lo dominas bien.
Nada de esto te lo da un título, ni un campus precioso, ni un caso de Harvard. Te lo dan los años fuera, las reuniones que salen mal, el cliente que te dice que no, el compañero que te salva y el jefe que te suelta una frase que te marca.
Expatriarse en equipo: la mejor “escuela”
Cuando nos fuimos a Alemania con los gemelos, yo pensaba, sobre todo, en mi carrera. Hoy, con la distancia, creo que esa fue la gran inversión en la educación de mis hijos.
Pero esta inversión no es individual. Detrás de una expatriación exitosa, y de una familia que crece sin miedo, hay un equipo.
Entendamos bien ese equipo: tu pareja, en primer lugar, que es más que una relación; es todo. No hay palabras para describirlo. La familia que se queda en casa, unos padres y ese hermano que dejas y con el que ya no compartes muchos momentos. Los amigos.
Mover un proyecto así, con gemelos de seis meses y un destino desconocido, exige formar una “compañía” con tu pareja a un nivel superior: objetivos comunes, comunicación constante y un compromiso mutuo que va mucho más allá de las decisiones de carrera.
Sin internet, sin móviles, la comunicación no era como hoy en día; estábamos en 1992.

Esto, definitivamente, no se hace solo. Ese equipo, y sobre todo esa pareja, merece un monumento y todo el respeto del mundo solo por estar ahí y ser parte de esa historia, con más protagonismo del que aparentemente se ve a primera vista.
Todas estas líneas, estos posts, forman parte de ese equipo y son fruto de esa compañía formada tal día como el 15 de noviembre (San Alberto Magno) hace ya unos años.
Aún recuerdo cómo mis hijos, de pequeños, se quejaban de las clases de idiomas. Normal. Pero la vida hizo su trabajo. Guardería en alemán. Colegio en EE. UU., donde el inglés era natural. Casa en español. Con los años, universidad francesa, tesis doctoral en ingeniería escrita en francés y defendida en inglés. Y el pequeño, que no se quedó atrás y se puso al nivel con sus idiomas y su carrera en poco tiempo como economista.
Estoy más que orgulloso de ellos y de su madre, que ha sido pilar en su formación.
Lo que más me satisface no son los títulos. Es que el mundo, para ellos, es pequeño. Se mueven por cualquier país sin miedo. Entienden no solo las palabras, sino también las mentalidades. Captan matices, ironías, maneras de pensar. Y, lo más importante para mí, son críticos con lo que ven. No tragan sin más ningún discurso solo porque venga de “una gran institución” o de cualquier figura de autoridad.
Eso, para mí, es mundología pura. Y se cocina en casa, en las decisiones difíciles, en los cambios de país, con tu equipo. No en un aula.

Mundología y la nueva definición del éxito
Si hoy tuviera que darle un consejo a alguien joven que empieza, no le hablaría primero de másteres, ni de rankings, ni de qué escuela queda mejor en LinkedIn. Pero antes de todo eso, le diría algo mucho más sencillo:
- Aprende idiomas. De verdad. Que puedas pensar, bromear y discutir en otra lengua.
- Sal de casa. De tu ciudad. De tu burbuja. Aunque dé vértigo.
- Equivócate. Pero aprende por qué te equivocaste.
- Cuida a la gente con la que trabajas. Relaciones por encima de títulos.
- Vete fuera y vuelve… con la mochila llena de mundo.
Y, al hilo del esfuerzo y la mejora, hay que redefinir el éxito.
El éxito no es únicamente ganar más, ser el número uno o ascender sin parar. El éxito es, ante todo, ser feliz contigo mismo, mejorar en lo que haces, esforzarte por lo que crees mejor y sentirte satisfecho con tu trabajo.
Aunque no sea perfecto, saber que has dado lo mejor de ti es la verdadera victoria.
Nosotros establecemos nuestros propios objetivos y límites. No todos seremos un Nadal, un Gasol o un Ronaldo, pero sí podemos ser los líderes de nuestra propia vida si nos preparamos y damos todo lo que podemos para lograrlo, y sobre todo si somos felices con nosotros mismos.
Hoy entiendo mucho mejor a mis padres cuando nos vieron marcharnos con dos bebés a Alemania. Pero también entiendo lo que, sin saberlo del todo, estábamos construyendo: una familia con otra mirada, otros criterios, una visión más amplia y crítica.
Eso… no lo enseñan en Harvard.
Eso se aprende viviendo. Eso es mundología.


Deja un comentario