Después del despacho

Lo que nadie te cuenta sobre trabajar en ambientes multiculturales: lecciones aprendidas tras 30 años de experiencia internacional


El arte silencioso de saber cuándo actuar

Medir los tiempos

En la vida —y en la empresa— no se trata solo de hacer, sino de saber cuándo hacerlo.
Ese “cuándo” marca la diferencia entre avanzar con sentido o simplemente moverse por inercia.

He tenido jefes de muchos tipos, pero uno en especial me enseñó algo que no se olvida: el valor de medir los tiempos.
No era de los que improvisan, ni de los que se adelantan por impulso. Sabía esperar. Y cuando daba un paso, lo hacía con sentido.

No se trataba de controlar, sino de estar atento. De leer el entorno, interpretar los movimientos… y moverse justo en el momento adecuado.
Esa forma de hacerlo —tranquilo, pausado, pero con paso firme— lo llevó a progresar en la empresa. Aprendía del pasado, leía el presente y aplicaba para el futuro.

Eso, más que estrategia, es sensibilidad.
Y también un punto de genialidad… que, para qué negarlo, hay que llevarla en la sangre.

Con los años entendí que medir los tiempos no es solo una habilidad profesional, es casi una forma de liderazgo. Implica observar sin ansiedad, decidir sin ruido y actuar con sentido. Los buenos líderes no se precipitan, pero tampoco esperan a que todo esté perfecto. Entienden los ritmos, los contextos y, sobre todo, las personas.

Trabajando en una empresa japonesa descubrí mucho de eso. Además de estudiar todo lo que pude sobre su cultura empresarial, lo más revelador fue verlo en la práctica. En Japón lo llevan grabado: escuchar lo que no se dice, captar los matices. La comunicación está llena de silencios que hablan.
Un jefe japonés me dijo una vez algo que no he olvidado:

“Te pido una, pero quiero diez.”

Y añadió: “Sé breve. Di primero el resultado, luego me lo explicas.”
Era un choque cultural evidente, sí, pero también una lección sobre claridad, precisión y anticipación. Funcionaba.

Y ahí entendí lo de leer entre líneas.

Recuerdo una anécdota —una de tantas— con esa empresa japonesa. El jefe de planta, feliz, había recibido un correo corto (muy japonés) felicitándolo por el progreso del proyecto. Estaba orgulloso, se notaba.
Lo leímos juntos. Pero al fijarnos bien en los matices del lenguaje, el mensaje real era otro: “Espero que no haya retrasos.”
Dicho con elegancia y serenidad, pero de forma directa.

Medir los tiempos es el arte de la anticipación, y la anticipación nace de saber leer lo que no se dice.

Ahí está el punto. Dos lecturas, dos realidades.

Leer entre líneas no es desconfiar. Es observar con humildad, sin arrogancia, con optimismo.
Cuando entiendes el contexto, todo empieza a fluir. No somos muy propensos a esa forma de gestionar, pero se aprende mucho… y te ayuda a evaluar mejor.
Porque medir los tiempos también es una forma de respeto: hacia los demás, hacia los procesos y hacia los momentos.

Cuando estás expatriado, esto se vuelve vital. Es una herramienta poderosa, muchas veces ejecutada de forma inconsciente. No hay charlas de pasillo ni cafés improvisados. La comunicación se reduce a correos, videollamadas, memorandos, visitas a la central… donde casi todo está pactado y el tiempo escasea.
Así que toca afinar el oído (y el ojo). Cada frase, cada gesto, cada silencio… cuenta.

Con el tiempo aprendes que medir los tiempos no significa ser pasivo, sino saber cuándo moverte con fundamento.
Es equilibrio entre la intuición y el análisis. Entre el impulso y la paciencia.
Y también, entre lo que ves y lo que no se dice.

Medir los tiempos, al final, es eso: moverse con sentido.
Tomar decisiones con base, con serenidad, pero con paso decidido.
Saber cuándo hablar, cuándo actuar, cuándo ejecutar.
Y, a veces, simplemente… cuándo observar.

Porque el tiempo —el verdadero— no se mide en minutos, sino en intuiciones bien fundamentadas.


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