Todo el mundo habla de la mentoría desde el lado del mentee: la oportunidad, el crecimiento, los consejos que te cambian la vida. Y es verdad, es un viaje increíble para ellos. Pero hoy quiero hablar del otro lado, el que casi nadie ve. El lado del mentor. Porque, créeme, este rol es mucho más que compartir anécdotas o dar buenos consejos, y conlleva una gran responsabilidad.
La mentoría es uno de esos viajes que parecen sencillos desde fuera, pero que por dentro te hacen crecer a un ritmo que a veces no puedes ni procesar. Un mentor no es un jefe, ni un terapeuta, ni mucho menos un amigo que siempre te da la razón. Es un guía, alguien que pone su experiencia al servicio de otro para que encuentre su propio camino. Es una responsabilidad enorme, sí, pero también es una prueba constante de humildad, paciencia y, sobre todo, de desapego.

El golpe de realidad: cuando tu mentee no te escucha
¿Qué pasa cuando tu pupilo no sigue tus consejos? ¿Cuándo no le pone la misma pasión que tú? ¿O cuando, a pesar de todo el esfuerzo, las cosas no salen como esperabas? El primer sentimiento que aparece es la frustración. Te preguntas si tu tiempo y energía están sirviendo para algo, si te has equivocado o, peor aún, te sientes rechazado.
Y aquí es donde la mentoría te da el primer gran baño de realidad: no puedes vivir la vida de tu mentee. No tienes el control. Tú solo eres un faro que ilumina un tramo del camino; el que decide caminar, y cómo hacerlo, es él. Aceptar esta falta de control es el desafío más grande, pero también la lección más valiosa. Requiere una paciencia infinita y la capacidad de celebrar los pequeños avances, sabiendo que el crecimiento es un proceso lento y lleno de curvas.

El arte de callar y hacer la pregunta correcta
Otro de los puntos más difíciles es aprender a guardar silencio. Hay veces que sabes exactamente lo que tu mentee debe hacer, el camino más fácil y seguro, pero te abstienes de decirlo. ¿Por qué? Porque el silencio no es un signo de abandono, sino un espacio sagrado que le das a la otra persona para que reflexione, se equivoque, y sobre todo, descubra su propia fuerza.
A menudo, una pregunta bien formulada es más poderosa que mil consejos. La verdadera maestría no reside en dar respuestas, sino en guiar a través de preguntas que hagan al otro pensar, que lo empujen a encontrar su propia verdad.
El momento más duro: cuando la confianza se rompe
El escenario más complicado de todos es cuando la confianza se quiebra. Ese momento en el que tu mentee se siente traicionado, malentendido, o simplemente se distancia. La confianza es el pilar de la mentoría, y cuando se rompe, la relación se vuelve extremadamente frágil.
En esos momentos, tu reacción como mentor debe ser medida y madura:
- Valida su dolor sin justificarte. Decir «Entiendo que te sientas herido» es más poderoso que intentar explicarte.
- Ofrece espacio, pero no te vayas por completo. Hazle saber que estás ahí, pero sin presionar.
- Reflexiona con honestidad sobre tu propia parte en el malentendido.
- Escucha más y habla menos. Deja que el otro se exprese.
- Y, finalmente, acepta con madurez que algunas relaciones no se recuperan. La confianza se cuida; no se impone.
La ironía final del mentor
El golpe más duro no es solo ver a tu mentee brillar y usar ese mismo camino para menospreciar a quienes lo apoyaron. Va más allá. La verdadera prueba de fuego llega cuando, ante una dificultad o un fracaso, el mentee se victimiza y te convierte en el responsable de un problema que el mismo mentee ha creado. De repente, para el mentee tu papel ya no es guiar, sino resolverle la vida o justificar que no puedes hacerlo.
En ese momento, el mentor debe volver a callar. Debe aceptar que la lección, por dura que sea, es una experiencia que cada persona vive de forma diferente. Al final, la vida misma se encargará de resolverlo todo.
La mentoría es un viaje de doble filo. Para el mentee, es una oportunidad para crecer. Para el mentor, es una lección constante de paciencia, empatía, desapego y la prueba final de que tu éxito no se mide en los logros del otro, sino en tu capacidad para dar un paso atrás y dejar que el otro brille por sí mismo.

Y esta lección es particularmente vital en el mundo corporativo. Como líder de un equipo, la mentoría no es un complemento del liderazgo; es una forma de liderazgo basada en el servicio y el desapego. El éxito no se mide en la obediencia del equipo, sino en su capacidad para tomar decisiones por sí mismos y brillar con luz propia, sabiendo que el CEO está allí como un faro, no como un controlador.
Ahí, precisamente, reside la verdadera maestría de un CEO: en lograr que el equipo funcione de manera tan autónoma y brillante que su presencia, aunque siempre vital, parezca invisible.


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