El retorno de un expatriado no es el final de la historia.
Antes de entrar en lo emocional, quiero hacer una distinción necesaria: volver a la empresa materna, al entorno profesional que nos vio crecer, también esnun choque. No por falta de oportunidades ni por el trabajo en sí, sino porque nuestra forma de actuar, de comunicarnos, de entender los ritmos y las dinámicas, ha cambiado. Lo que antes era natural, ahora requiere adaptación. Pero ese es otro capítulo.
Lo que quiero compartir aquí es más íntimo. Más difícil de explicar y más emocional. Es el regreso al hogar, al lugar que llamamos “nuestro”, y que de pronto ya no lo es.
“No soy el mismo, y mi hogar tampoco.”
Esa es la verdad que muchos expatriados enfrentamos al volver. El regreso no es un retorno, es un viaje hacia lo desconocido. Volvemos con una maleta llena de vivencias, con un acento distinto en el alma y una mirada que ya no encaja del todo en lo que fue. Estamos en las reuniones familiares, pero no en las conversaciones espontáneas de cada tarde. Estamos en nuestra ciudad, pero la nuestra no es la misma que dejamos.
Las calles son las mismas, pero algo ha cambiado: nosotros. Y en ese cambio, lo familiar se vuelve ajeno. Lo que era rutina ahora se siente como una visita.
Las relaciones también se transforman.
La familia, el cariño, la base… siguen ahí. Pero las vidas han tomado caminos distintos. El amor permanece, sí, pero el día a día se ha desvanecido. Las videollamadas no reemplazan el café improvisado, ni el “te llamo en cinco para contarte algo”, ni los silencios compartidos que dicen más que mil palabras.
La espontaneidad se diluye, y con ella, esa intimidad tejida con gestos mínimos, con bromas internas, con miradas cómplices. Las relaciones se convierten en eventos programados, no en parte de la rutina. Y aunque la cercanía física ha vuelto, la emocional a veces se queda atrás, como un eco lejano de lo que fue.
Lo más difícil no es que todo haya cambiado. Es entender que la vida siguió sin ti. Que los ritmos, las rutinas, los vínculos… todos encontraron su curso. Y ahora eres tú quien tiene que aprender a encajar en una historia que avanzó mientras estabas lejos.
Volver es un acto de valentía. Es mirar lo que fue con ojos nuevos, aceptar que el hogar ya no es un lugar, sino una sensación que a veces se escapa, es una transición silenciosa, emocionalmente exigente y poco visibilizada ( un esfuerzo invisible) que requiere preparación mental y emocional, y que no se trabaja en un solo momento, sino a lo largo de un proceso que describiría en tres fases a los que nos debería preparar o al menos mostrar antes de tomar una decisión.
- Antes de irte: Anticipa el regreso. No idealices lo que dejas. El hogar evoluciona sin ti. * El hogar que recuerdas no es el que encontrarás. Tus amigos y familiares seguirán con sus vidas, con cambios que no has compartido. Aceptar esto de antemano puede suavizar el choque del regreso.
- Durante tu experiencia: Vive el presente. Sumérgete en tu entorno, construye nuevas amistades y cultiva una identidad más allá de «el expatriado». Esto no es traicionar tus raíces, sino evitar que la realidad de tu ciudad se convierta en una fantasía inalcanzable. Mantén el contacto, sí, pero no vivas a través de la pantalla.
- Al volver: Sé paciente. El regreso es un duelo y una reconstrucción, es la, reintegración Redescubre tu ciudad y tu gente desde quién eres ahora , en quien te has convertido y ten mucha paciencia, no todos te verán como antes o como tú quisieras. Todos hemos cambiado.
El retorno de un expatriado no es el final de la historia. Es el inicio de un nuevo capítulo que te obliga a reconciliarte con tu pasado y a construir tu futuro. No es un fracaso, sino la continuación de tu crecimiento personal.


Deja un comentario